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Ausência
Se va de ti mi cuerpo gota a gota. Se va mi cara en un óleo sordo; se van mis manos en azogue suelto; se van mis pies en dos tiempos de polvo. ¡Se te va todo, se nos va todo! Se va mi voz, que te hacía campana cerrada a cuanto no somos nosotros. Se van mis gestos, que se devanaban, en lanzaderas, delante tus ojos. Y se te va la mirada que entrega, cuando te mira, el enebro y el olmo. Me voy de ti con tus mismos alientos: como humedad de tu cuerpo evaporo. Me voy de ti con vigilia y con sueño, y en tu recuerdo más fiel ya me borro. Y en tu memoria me vuelvo como esos que no nacieron ni en llanos ni en sotos. Sangre sería y me fuese en las palmas de tu labor y en tu boca de mosto. Tu entraña fuese y sería quemada en marchas tuyas que nunca más oigo, ¡y en tu pasión que retumba en la noche, como demencia de mares solos! ¡Se nos va todo, se nos va todo! |
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Todas Ibamos a Ser Reinas Todas íbamos a ser reinas, de cuatro reinos sobre el mar: Rosalía con Efigenia y Lucila con Soledad. En el valle de Elqui, ceñido de cien montañas o de más, que como ofrendas o tributos arden en rojo y azafrán. Lo decíamos embriagadas, y lo tuvimos por verdad, que seríamos todas reinas y llegaríamos al mar. Con las trenzas de los siete años, y batas claras de percal, persiguiendo tordos huidos en la sombra del higueral. De los cuatro reinos, decíamos, indudables como el Korán, que por grandes y por cabales alcanzarían hasta el mar. Cuatro esposos desposarían, por el tiempo de desposar, y eran reyes y cantadores como David, rey de Judá. |
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Dos Ángeles No tengo sólo un Angel con ala estremecida: me mecen como al mar mecen las dos orillas el Angel que da el gozo y el que da la agonía, el de alas tremolantes y el de las alas fijas. Yo sé, cuando amanece, cuál va a regirme el día, si el de color de llama o el color de ceniza, y me les doy como alga a la ola, contrita. Sólo una vez volaron con las alas unidas: el día del amor, el de la Epifanía. ¡ Se juntaron en una sus alas enemigas y anudaron el nudo de la muerte y la vida ! |
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La Medianoche Fina, la medianoche. Oigo los nudos del rosal: la savia empuja subiendo la rosa. Oigo las rayas quemadas del tigre real: nole dejan dormir. Oigo la estrofa de uno, y le crece en la noche como la duna. Oigo a mi madre dormida con dos alientos. (Duermo yo en ella, de cinco años.) Oigo el Ródano que baja y que me lleva como un padre ciego de espuma ciega. Y después nada oigo sino que voy cayendo en los muros de Arlés llenos de sol... |
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Nocturno ¡Padre nuestro, que estás en los cielos! ¿Por qué te has olvidado de mí? Te acordaste del fruto en febrero, al llagarse su pulpa rubí. ¡Llevo abierto también mi costado, y no quieres mirar hacia mí! Te acordaste del negro racimo y lo diste al lagar carmesí, y aventaste las hojas del álamo con tu aliento, en el aire sutil. ¡Y en el ancho lagar de la muerte aún no quieres mi pecho oprimir! Caminando, vi abrir las violetas; el falerno del viento bebí. y he bajado amarillos mis párpados por no ver más enero ni abril. Y he apretado la boca, anegada de la estrofa que no he de exprimir. ¡Has querido la nube de otoño y quieres volverte hacia mí! Me vendió el que besó mi mejilla, me negó por la túnica ruin. Yo en mis versos el rostro con sangre, como Tú sobre el paño, le di. Y en mi noche del Huerto me han sido Juan cobarde y el Angel hostil. Ha venido el cansancio infinito a clavarse en mis ojos, al fin; el cansancio del día que muere, y del alba que debe venir; ¡el cansancio del cielo de estaño y el cansancio del cielo de añil! Ahora suelto la mártir sandalia y las trenzas, pidiendo dormir. Y perdida en la noche, levanto el clamor aprendido de tí: ¡Padre nuestro, que estás en los cielos! ¿Por qué te has olvidado de mí? |
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Los Sonetos de la Muerte I Del nicho helado en que los hombres te pusieron, te bajaré a la tierra humilde y soleada. Que he de dormirme en ella los hombres no supieron, y que hemos de soñar sobre la misma almohada. Te acostaré en la tierra soleada con una dulcedumbre de madre para el hijo dormido, y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna al recibir tu cuerpo de niño dolorido, Luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas, y en la azulada y leve polvoreda de luna, los despojos livianos irán quedando presos. Me alejaré cantando mis venganzas hermosas, ¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna bajará a disputarme tu puñado de huesos!
IV
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